viernes, 1 de abril de 2011
Maese Pere El Organista
En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes con que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suene ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-, ¡es que ése no es el suyo!
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron él que ahora lo sustituye.
Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
-¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacía aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la duquesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner los ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calla!, en hablando del ruin de Roma, cátale que aquí se asoma. ¿Veis aquel que viene por debajo del Arco de San Felipe, a pie, embozado con una capa oscura y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, en la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera lo creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión. Mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y lo saluda. Toda Sevilla lo conoce por su colosal fortuna. El solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...
Mirad, mirad ese grupo de señores graves; ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la Cruz Verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Ese no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay, vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana. Yo me refugio en la iglesia. Pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los paternóster. Mirad, mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medina Sidonia. ¿No os lo dije?
Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministrales, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego dicen que hay justicia... Para los pobres.
Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina, vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan... ¿Qué resplandor es aquel?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.
La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¿Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo lo siguen y lo acompañan confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... Es decir, ¡ellos, ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes. Buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si buscaran... Y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
Pero, vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puede decirse que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas. Verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarlo a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón pobre, sí, pero limosnero, cual no otro... Sin más pariente que su hija, ni más amigos que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada; él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como que lo conoce de tal modo, que a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre es ciego de nacimiento... ¿Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver, responde: Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. ¿Esperanzas de ver? Sí, y muy pronto -añade, sonriendo como un ángel-. Ya cuento setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios:
¡Pobrecito! Y si lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada. Como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él. Yo no lo conocí, pero mi señora madre que santa gloria haya, dice que lo llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales disposiciones que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene, Dios se las bendiga! Merecía que se las llevaran a la calle de Chicharreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... El tiene una gran devoción por esta ceremonia de la misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...
En fin, ¿para qué tengo que ponderarle lo que esta noche oirá? Baste ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharlo. Y no se crea que sólo la gente sabida, y a la que se le alcanza esto de la solfa, conoce su mérito; sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas, entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano...; y cuando alzan no se siente una mosca...: de todos los ojos caen lagrimones tamaños, al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos; ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa. Vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, mas para nadie mejor que para nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés y, codazo con éste, empujón en aquél, se internó en el templo perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de sus dueñas, vinieron a formar un brillante circulo alrededor de la verja del presbiterio.
Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las naves con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una exclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor, bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
Era hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir por qué no comenzaba la ceremonia.
-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo y será imposible que asista esta noche a la misa de medianoche.
Esta fue la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería imposible. Baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso en pie y los alguaciles entraron a imponer silencio confundiéndose entre las apiadas olas de la multitud.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
-Maese Pérez está enfermo -dijo-. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia, que si maese Pérez es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligente.
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles, que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaba a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.
-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.
-No -había dicho-. Esta es la última, lo conozco. Lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido. Los concurrentes lo subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral. Pasó el Introito, y el Evangelio, y el Ofertorio; llegó el instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla. Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia. Las campanas repicaron con un sonido vibrante y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cuantos; después, otros. La combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz. El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana, y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía tremante se abrió y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había una lágrima; en todos los espíritus, un profundo recogimiento. El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquel que levantaba en ellas, Aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
-¿Qué ha sido eso? -preguntaron las damas al asistente, que; precedido de los ministriles, fue uno de los primeros en subir a la tribuna y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto donde lo esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
-¿Qué hay?
-Que maese Pérez acaba de morir.
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, lo lloraba en vano entre suspiros y sollozos.
-Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intención de ir a oírla a la parroquia pero, lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecillo! ¡Era un santo!... Yo de mi sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... Pues en Dios y en ni ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos lo verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad..., ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe usted nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o deja de decir... Sólo que yo, así..., al vuelo..., una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.
Pues, sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, perdulariote; que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, después de la muerte de su padre entró en un convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a oir aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que en honor del difunto, y como muestra de respeto a su memoria, permaneciera callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación. Pero así va el mundo... Y digo... No es cosa la gente que acude... Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes.
Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho, las gentes del barrio le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, calle, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús!, ¡qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que hace ya rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, un camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.
Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año anterior. El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba, unos tras otros, los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula. Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
-Es un truhán que, por no hacer nada bien, ni aun mira a la derecha -decían los unos.
-Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca; viene a probar el de maese Pérez -decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquél percibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, asemejando su repique una lluvia de notas de cristal. Se elevaron las diáfanas ondas de incienso y sonó el órgano. Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duraron algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto. El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis, cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio, notas sueltas de una melodía lejana que suena a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida de las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende, himnos alados que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.
...
Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verlo y admirarlo, que el asistente, temiendo, no sin razón, que lo ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado lo esperaba.
-Ya veis -le dijo este último cuando lo trajeron a su presencia-. Vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?
-El año que viene -respondió el organista- prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.
-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.
-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro-, porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del Arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-. Yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarlo el señor cura por malo; y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarlo al rostro, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando, en semejante noche como ésta, bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No que éste, que ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, Y con un olor de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras: yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían. Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de Maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara la misa del Gallo.
-Ya lo veis -decía la superiora-: vuestro temor es sobre manera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, tocadlo sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
-¿Miedo? ¿De qué?
-No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé arreglar unos registros y templarlo, a fin de que os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál..., pero las campanas eran tristísimas y muchas..., muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el umbral, y aquel tiempo me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...: la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., lo vi, madre, no lo dudéis; vi a un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus registros..., y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.
El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
-¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un paternóster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa.
Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriera nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.
-¡Miradlo! ¡Miradlo! -decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo; de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando...; sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo... en sus raptos de místico alborozo.
...
-¿No os dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara; no os lo dije yo? ¡Aquí hay busilis! Oídlo. ¡Qué! ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento..., ¿y para qué?... Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira...; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.
Gustavo Adolfo Bécquer
Gustavo Adolfo Domínguez Bastida (Sevilla, 17 de febrero de 1836– Madrid, 22 de diciembre de 1870), más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo, aunque escribió en una etapa literaria perteneciente al Realismo. Por ser un romántico tardío, ha sido asociado igualmente con el movimiento Posromántico. Aunque fue moderadamente conocido mientras vivió, comenzó a ganar prestigio cuando al morir se publicaron muchas de sus obras.
Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura hispana, siendo ampliamente reconocidas por su influencia posterior.
poema
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable
Al brillar un relámpago nacemos
Al ver mis horas de fiebre
Alguna vez la encuentro por el mundo
Antes que tú me moriré; escondido
Asomaba a sus ojos una lágrima
Besa el aura que gime blandamente
Cendal flotante de leve bruma
Cerraron sus ojos
Como en un libro abierto
Como enjambre de abejas irritadas
Como guarda el avaro su tesoro
Como la brisa que la sangre orea
Como se arranca el hierro de una herida
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
Cruza callada, y son sus movimientos
Cuando en la noche te envuelven
Cuando entre la sombra oscura,
Cuando me lo contaron sentí el frío
Cuando miro el azul horizonte
Cuando sobre el pecho inclinas
Cuando volvemos las fugaces horas
¡Cuántas veces, al pie de las musgosas
¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
De lo poco de vida que me resta
Dejé la luz a un lado, y en el borde
Del salón en el ángulo oscuro
Despierta, tiemblo al mirarte
Dices que tienes corazón, y sólo
Dos rojas lenguas de fuego
En la clave del arco ruinoso
En la imponente nave
Entre el discorde estruendo de la orgía
Es cuestión de palabras y, no obstante
Espíritu sin nombre,
Este armazón de huesos y pellejos
Fatigada del baile,
Fingiendo realidades
Hoy como ayer, mañana como hoy,
Hoy la tierra y los cielos me sonríen
La gota de rocío que en el cáliz
Las ondas tienen vaga armonía
Las ropas desceñidas
Llegó la noche y no encontré un asilo
Lo que el salvaje que con torpe mano
Los invisibles átomos del aire
Los suspiros son aire y van al aire
Me ha herido recatándose en las sombras
Mi vida es un erial
No digáis que, agotado su tesoro
No dormía: vagaba en ese limbo
¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día
No sé lo que he soñado
Nuestra pasión fue un trágico sainete
Olas gigantes que os rompéis bramando
Pasaba arrolladora en su hermosura
Por una mirada, un mundo
Porque son, niña, tus ojos
Primero es un albor trémulo y vago
—¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
¡Qué hermoso es ver el día
¿Quieres que de ese néctar delicioso
jueves, 31 de marzo de 2011
Gustavo Ado,fo Béquer
En 1854 se trasladó a Madrid, con la intención de hacer carrera literaria. Sin embargo, el éxito no le sonrió.
Durante una estancia en Sevilla en 1858, estuvo nueve meses en cama a causa de una enfermedad.
En 1861 contrajo matrimonio con Casta Esteban, hija de un médico, con la que tuvo tres hijos.
La etapa más fructífera de su carrera fue de 1861 a 1865, años en los que compuso la mayor parte de sus Leyendas.
Una de sus poesias
Amor eterno
Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.
Maese Peréz
[editar] Argumento
La acción tiene lugar en Sevilla, en el convento de Santa Inés. El protagonista es el organista Maese Pérez, era ciego pero esto no era un obstáculo para tocar el órgano, el cual tocaba maravillosamente. No tenía apenas amigos y su única familia era su hija. A la gente le encantaba ir a escucharlo tocar pues tocaba una música muy celestial. Lo hacía tan bien que el Arzobispo de Sevilla le propuso que fuera a la catedral a tocar, en la misa de gallo. Maese Pérez se puso muy enfermo y una Nochebuena viendo que su muerte estaba cercana y temiendo el fin, quiso que lo llevaran a su iglesia para poder tocar por última vez y descansar en paz, y eso es lo que desgraciadamente sucedió.
El Arzobispo nombró un sustituto para que tocara en su lugar, que tocaba en San Román y San Bartolomé, que era una persona muy envidiosa. Al igual que con Maese Pérez le pidió que fuese a tocar a la catedral el día de Nochebuena y al año siguiente así lo hizo, pero no tocaba muy bien y era incomparable con la maestría del ciego. Aquel mismo día para sorpresa de todos sonaba una melodía muy bonita en el convento donde tocaba el anciano, pero nadie estaba sentado en órgano tocando el instrumento. Era el espíritu del pobre Maese Pérez el que tocaba aquel día. Ese milagro no se volvió a repetir debido a que destruyeron el órgano.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Bécquer
GUSTAVO ADOLFO BECQUER
Gustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla, 1836 y murió en Madrid, 1870. Ha sido un poeta español. Hijo y hermano de pintores, quedó huérfano a los diez años y vivió su infancia y su adolescencia en Sevilla, donde estudió humanidades y pintura.
Se trasladó a Madrid, con la intención de hacer carrera literaria. Sin embargo, el éxito no le sonrió; su ambicioso proyecto de escribir una Historia de los templos de España fue un fracaso, y sólo consiguió publicar un tomo, años más tarde. Para poder vivir hubo de dedicarse al periodismo y hacer adaptaciones de obras de teatro extranjero, principalmente del francés, en colaboración con su amigo Luis García Luna.
Poesía:
Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.
Tú, sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces
¡como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul!
En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
¡eso soy yo!
Yo, que a tus ojos, en mi agonía,
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
¡tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión!.
Leyenda: "Maese Pere, El organista"
*En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes con que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suene ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-, ¡es que ése no es el suyo!
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora lo sustituye.
Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
GUSTAVO ADOLFO BECQUER
Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura hispana, siendo ampliamente reconocidas por su influencia posterior.
Maese Perez el organista
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-. En que éste no es el suyo.
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora le substituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
- I -
-¿Veis ése de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora, que después de dejar la suya se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa obscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
»¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?
»A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
»Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. Él sólo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco.
»Mirad, mirad ese grupo de señores graves: ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los Paternóster. Mirad, Mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia... ¿No os lo dije?
»Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... ¡Y luego dicen que hay justicia! Para los pobres...
»Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la obscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina! ¡vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? ¿Aún no ha comenzado cuando lo dejan? ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo...
»La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga la candelilla que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle obscura... Es decir, ¡ellos..., ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se buscaran..., y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas en las cuales los que
martes, 29 de marzo de 2011
Biografia de Béquer
Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura hispana, siendo ampliamente reconocidas por su influencia posterior.
Leyenda del Maese Perez el organista:
Había en una convento Sevillano, llamado Santa Inés un famoso organista llamado Maese Pérez al cual iba a escuchar toda Sevilla. El día de la misa del Gallo ésta se retrasa porque Maese Pérez está enfermo y un organista envidioso y enemigo de Maese Pérez se ofrece para tocar, en esto aparece Maese Pérez que es llevado en un sillón por sus incondicionales diciendo que no quería morir sin tocar en aquella misa. Cuando comienza la consagración resuena majestuoso el órgano hasta que de repente este queda mudo, Maese Pérez acaba de morir.
En la Misa de Gallos del año siguiente para sustituir a Maese Pérez le viene un nuevo organista al que toda la gente creía un malo, pero la melodía del órgano sonaba como siempre, al terminar de tocar, el nuevo organista juro que jamás volvería a tocar ese órgano. A los dos años de la muerte de Maese Pérez, la madre superiora encargó a la hija de éste, la cual había entrado de novicia que fuera ella la encargada de tocar el órgano. En el momento de la consagración la hija de Maése da un grito diciendo que ve a su padre tocando, pero el órgano suena solo sin que nadie lo toque.
Poesía de Bequer:
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hourís del Profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera;
entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta,
las esmeraldas son verdes;
verde el color del que espera,
y las ondas del océano
y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean,
pues no lo creas.
Que parecen sus pupilas
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta
que en el estío convida
a apagar la sed con ella,
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean,
pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona,
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
Becquer
(Gustavo Adolfo Domínguez Bastida; Sevilla, 1836-Madrid, 1870) Poeta español. Hijo y hermano de pintores, quedó huérfano a los diez años y vivió su infancia y su adolescencia en Sevilla, donde estudió humanidades y pintura.
En 1854 se trasladó a Madrid, con la intención de hacer carrera literaria. Sin embargo, el éxito no le sonrió; su ambicioso proyecto de escribir una Historia de los templos de España fue un fracaso, y sólo consiguió publicar un tomo, años más tarde. Para poder vivir hubo de dedicarse al periodismo y hacer adaptaciones de obras de teatro extranjero, principalmente del francés, en colaboración con su amigo Luis García Luna, adoptando ambos el seudónimo de «Adolfo García».
Durante una estancia en Sevilla en 1858, estuvo nueve meses en cama a causa de una enfermedad; probablemente se trataba de tuberculosis, aunque algunos biográfos se decantan por la sífilis. Durante la convalecencia, en la que fue cuidado por su hermano Valeriano, publicó su primera leyenda, El caudillo de las manos rojas, y conoció a Julia Espín, según ciertos críticos la musa de algunas de sus Rimas, aunque durante mucho tiempo se creyó erróneamente que se trataba de Elisa Guillén, con quien el poeta habría mantenido relaciones hasta que ella lo abandonó en 1860, y que habría inspirado las composiciones más amargas del poeta.
Maese Pérez
La acción tiene lugar en Sevilla, en el convento de Santa Inés. El protagonista es el organista Maese Pérez, era ciego pero esto no era un obstáculo para tocar el órgano, el cual tocaba maravillosamente. No tenía apenas amigos y su única familia era su hija. A la gente le encantaba ir a escucharlo tocar pues tocaba una música muy celestial. Lo hacía tan bien que el Arzobispo de Sevilla le propuso que fuera a la catedral a tocar, en la misa de gallo. Maese Pérez se puso muy enfermo y una Nochebuena viendo que su muerte estaba cercana y temiendo el fin, quiso que lo llevaran a su iglesia para poder tocar por última vez y descansar en paz, y eso es lo que desgraciadamente sucedió.
El Arzobispo nombró un sustituto para que tocara en su lugar, que tocaba en San Román y San Bartolomé, que era una persona muy envidiosa. Al igual que con Maese Pérez le pidió que fuese a tocar a la catedral el día de Nochebuena y al año siguiente así lo hizo, pero no tocaba muy bien y era incomparable con la maestría del ciego. Aquel mismo día para sorpresa de todos sonaba una melodía muy bonita en el convento donde tocaba el anciano, pero nadie estaba sentado en órgano tocando el instrumento. Era el espíritu del pobre Maese Pérez el que tocaba aquel día. Ese milagro no se volvió a repetir debido a que destruyeron el órgano.
Poesías
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar;
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
ésas ..., ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
ésas ..., ¡no volverán!
Como se arranca el hierro de una herida
su amor de las entrañas me arranqué,
aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él!
Del altar que le alcé en el alma mía
la Voluntad su imagen arrojó,
y la luz de la fe que en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.
Aún turbando en la noche el firme empeño
vive en la idea la visión tenaz...
¡Cuándo podré dormir con ese sueño
en que acaba el soñar!
Poemas
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable
Al brillar un relámpago nacemos
Al ver mis horas de fiebre
Alguna vez la encuentro por el mundo
Antes que tú me moriré; escondido
Asomaba a sus ojos una lágrima
Besa el aura que gime blandamente
Cendal flotante de leve bruma
Cerraron sus ojos
Como en un libro abierto
Como enjambre de abejas irritadas
Como guarda el avaro su tesoro
Como la brisa que la sangre orea
Como se arranca el hierro de una herida
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
Cruza callada, y son sus movimientos
Cuando en la noche te envuelven
Cuando entre la sombra oscura,
Cuando me lo contaron sentí el frío
Cuando miro el azul horizonte
Cuando sobre el pecho inclinas
Cuando volvemos las fugaces horas
¡Cuántas veces, al pie de las musgosas
¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
De lo poco de vida que me resta
Dejé la luz a un lado, y en el borde
Del salón en el ángulo oscuro
Despierta, tiemblo al mirarte
Dices que tienes corazón, y sólo
Dos rojas lenguas de fuego
En la clave del arco ruinoso
En la imponente nave
Entre el discorde estruendo de la orgía
Es cuestión de palabras y, no obstante
Espíritu sin nombre,
Este armazón de huesos y pellejos
Fatigada del baile,
Fingiendo realidades
Hoy como ayer, mañana como hoy,
Hoy la tierra y los cielos me sonríen
La gota de rocío que en el cáliz
Las ondas tienen vaga armonía
Las ropas desceñidas
Llegó la noche y no encontré un asilo
Lo que el salvaje que con torpe mano
Los invisibles átomos del aire
Los suspiros son aire y van al aire
Me ha herido recatándose en las sombras
Mi vida es un erial
No digáis que, agotado su tesoro
No dormía: vagaba en ese limbo
¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día
No sé lo que he soñado
Nuestra pasión fue un trágico sainete
Olas gigantes que os rompéis bramando
Pasaba arrolladora en su hermosura
Por una mirada, un mundo
Porque son, niña, tus ojos
Primero es un albor trémulo y vago
—¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
¡Qué hermoso es ver el día
¿Quieres que de ese néctar delicioso
Adolf Bécquer
Adolf Bécquer
Gustavo Adolfo Domínguez Bastida (Sevilla, 17 de febrero de 1836 – Madrid, 22 de diciembre de 1870), más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo, aunque escribió en una etapa literaria perteneciente al Realismo. Por ser un romántico tardío, ha sido asociado igualmente con el movimiento Posromántico. Aunque fue moderadamente conocido mientras vivió, comenzó a ganar prestigio cuando al morir se publicaron muchas de sus obras.
Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura hispana, siendo ampliamente reconocidas por su influencia posterior.
El monte de las ánimas:
Una vez en casa de los Condes y reunidos junto a la lumbre, sólo Beatriz y Alonso permanecían ajenos a la conversación general, hasta que el joven rompió el largo silencio comunicándole a su prima que pronto se separarían y que antes de ello le quería regalar una joya. Beatriz le contestó que aceptar un regalo suyo podía comprometer su voluntad, y entonces Alonso le contó que era el día de todos los santos y que por lo tanto, un día de celebración para todos. Ella, sin decir nada, aceptó el regalo y él le pidió alguna cosa suya. Beatriz estuvo de acuerdo y le dijo que en el monte de las ánimas perdió la banda azul que llevaba en la cacería, y que justamente quería regalársela. A estas palabras, Alonso, aún sintiéndose capaz de luchar contra los lobos, no era lo suficiente valiente como para ir de noche al monte y buscar aquel objeto perdido. Pero al ver una sonrisa irónica de Beatriz, se levantó, y muerto de miedo se dirigió hacia el monte en su caballo, diciéndole adiós a la hermosa. Fueron pasaron las horas hasta llegar la media noche y Beatriz no pudiendo dormir se levantó a rezar creyendo oír su nombre cuando sólo era el viento que azotaba su ventana. Así, asustada y con insomnio, oyendo las campanas de la ciudad de Soria, hasta que llegó el amanecer. Cuando se levantó, estando a punto de reírse de ella misma por haberse asustado tanto la noche anterior, vio su banda azul rota y ensangrentada en su mesilla de noche. Beatriz quedó paralizada, sus ojos se desencajaron y cuando vinieron sus sirvientes para avisarla que Alonso había sido devorado por los lobos del monte, la encontraron inmóvil y muerta de horror.
Maese Pedro el organista:
La acción tiene lugar en Sevilla, en el convento de Santa Inés. El protagonista es el organista Maese Pérez, era ciego pero esto no era un obstáculo para tocar el órgano, el cual tocaba maravillosamente. No tenía apenas amigos y su única familia era su hija. A la gente le encantaba ir a escucharlo tocar pues tocaba una música muy celestial. Lo hacía tan bien que el Arzobispo de Sevilla le propuso que fuera a la catedral a tocar, en la misa de gallo. Maese Pérez se puso muy enfermo y una Nochebuena viendo que su muerte estaba cercana y temiendo el fin, quiso que lo llevaran a su iglesia para poder tocar por última vez y descansar en paz, y eso es lo que desgraciadamente sucedió.
El Arzobispo nombró un sustituto para que tocara en su lugar, que tocaba en San Román y San Bartolomé, que era una persona muy envidiosa. Al igual que con Maese Pérez le pidió que fuese a tocar a la catedral el día de Nochebuena y al año siguiente así lo hizo, pero no tocaba muy bien y era incomparable con la maestría del ciego. Aquel mismo día para sorpresa de todos sonaba una melodía muy bonita en el convento donde tocaba el anciano, pero nadie estaba sentado en órgano tocando el instrumento. Era el espíritu del pobre Maese Pérez el que tocaba aquel día. Ese milagro no se volvió a repetir debido a que destruyeron el órgano.
Gustavo Adolfo Becquer
Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura hispana, siendo ampliamente reconocidas por su influencia posterior.
Como la brisa que la sangre orea... Cuando entre la sombra oscura...
Cuántas veces al pie de las musgosas... Cendal flotante de leve bruma...
Despierta, tiemblo al mirarte... No sé lo que he soñado... Espíritu sin nombre...
Leyenda de Maese Perez El organista:
En el Convento sevillano de Santa Inés residía un famoso organista llamado maese Pérez, a quien iba a escuchar toda Sevilla.
El día de la Misa del Gallo, maese Pérez cae enfermo, y un organista envidioso se ofrece a tocar en su lugar. En esto aparece maese Pérez diciendo que no quiere morir sin tocar en esa Misa.
Cuando comienza el Oficio se escucha el maravilloso sonido del órgano durante pocos minutos, quedando a continuación toda en silencio. Maese Pérez acababa de morir.
En la Misa del Gallo del año siguiente, llegó un nuevo organista al que todos consideraban muy malo, pero sin embargo el órgano sonaba igual que siempre. Al terminar el organista juro que no volvería a tocar ese órgano.
Dos años después de la muerte de maese Pérez, la madre Superiora encargó a la hija de éste que tocara durante la Misa del Gallo, pero en el momento de la Consagración, ésta dio un alarido a la vez que decía que veía a su padre tocando. El órgano sonaba solo, era el alma de maese Pérez.
Gustavo Adolfo Bécquer
Bécquer
Poesía:
Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.
Tú, sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces
¡como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul!
En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
¡eso soy yo!
Yo, que a tus ojos, en mi agonía,
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
¡tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión!.
LEYENDA:
"Maese Pere, El Organista"
*En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes con que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suene ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-, ¡es que ése no es el suyo!
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora lo sustituye.
Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
Había en un convento Sevillano, llamado Santa Inés un famoso organista llamado Maese Pérez al cual iba a escuchar toda Sevilla. El día de la misa del Gallo ésta se retrasa porque Maese Pérez está enfermo y un organista envidioso y enemigo de Maese Pérez se ofrece para tocar, en esto aparece Maese Pérez que es llevado en un sillón por sus incondicionales diciendo que no quería morir sin tocar en aquella misa. Cuando comienza la consagración resuena majestuoso el órgano hasta que de repente este queda mudo, Maese Pérez acaba de morir.
En la Misa de Gallos del año siguiente para sustituir a Maese Pérez le viene un nuevo organista al que toda la gente creía uy malo, pero la melodía del órgano sonaba como siempre, al terminar de tocar, el nuevo organista juro que jamás volvería a tocar ese órgano. A los dos años de la muerte de Maese Pérez, la madre superiora encargó a la hija de éste, la cual había entrado de novicia que fuera ella la encargada de tocar el órgano. En el momento de la consagración la hija de Maése da un grito diciendo que ve a su padre tocando, pero el órgano suena solo sin que nadie lo toque.
Biografía de Gustavo Adolfo Bécquer
Una poesía de Gustavo Adolfo Bécquer
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar... andar.
Moviéndose a compás, como una estúpida
máquina, el corazón.
La torpe inteligencia del cerebro,
dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe,
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que, incesante, con el mismo tono,
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae, sin cesar.
Así van deslizándose los días,
unos de otros en pos;
hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,
sin gozo ni dolor.
¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
Amargo es el dolor, ¡pero siquiera
padecer es vivir!
En el Convento sevillano de Santa Inés residía un famoso organista llamado maese Pérez, a quien iba a escuchar toda Sevilla.
El día de la Misa del Gallo, maese Pérez cae enfermo, y un organista envidioso se ofrece a tocar en su lugar. En esto aparece maese Pérez diciendo que no quiere morir sin tocar en esa Misa.
Cuando comienza el Oficio se escucha el maravilloso sonido del órgano durante pocos minutos, quedando a continuación toda en silencio. Maese Pérez acababa de morir.
En la Misa del Gallo del año siguiente, llegó un nuevo organista al que todos consideraban muy malo, pero sin embargo el órgano sonaba igual que siempre. Al terminar el organista juro que no volvería a tocar ese órgano.
Dos años después de la muerte de maese Pérez, la madre Superiora encargó a la hija de éste que tocara durante la Misa del Gallo, pero en el momento de la Consagración, ésta dio un alarido a la vez que decía que veía a su padre tocando. El órgano sonaba solo, era el alma de maese Pérez
Gustavo Adolfo Becquer
En 1854 se trasladó a Madrid, con la intención de hacer carrera literaria. Sin embargo, el éxito no le sonrió.
Durante una estancia en Sevilla en 1858, estuvo nueve meses en cama a causa de una enfermedad.
En 1861 contrajo matrimonio con Casta Esteban, hija de un médico, con la que tuvo tres hijos.
La etapa más fructífera de su carrera fue de 1861 a 1865, años en los que compuso la mayor parte de sus Leyendas.
Una de sus poesias
Amor eterno
Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.
El Escritor: Gustavo Adolfo Bécquer
*Biografía:
Gustavo Adolfo Bécquer, fue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo, aunque en una etapa, escribió Realismo. Pero, aparte de su importante lírica, Gustavo Adolfo Bécquer fue también un gran narrador y periodista. Escribió veintiocho narraciones del género leyenda, muchas de ellas pertenecientes al género del relato gótico o de terror. Nació en Sevilla, el 17 de febrero de 1836. Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Fue hijo del pintor José Domínguez Insausti y de Joaquina Bastida de Vargas. En el año 1857, padeció de una cruel tuberculosis, que le habría llevado a morir. Tuvo un modesto empleo dentro de la Dirección de Bienes Nacionales y perdió el puesto. Hacia 1850 conoció a Josefina Espín, pero el romance no duró mucho, pues se separaron el poco tiempo. Conoció a otra amante más, pero, de nuevo, se divorció, y finalmente se casó con Casta Esteban. En 1860, publica Cartas literarias a una mujer. Murió en diciembre de 1870, en Sevilla.
*Poesía:
Libro de los Gorriones:
Rima VII:
Fatigada del baile,
encendido el color, breve el aliento,
apoyada en mi brazo
del salón se detuvo en un extremo.
Entre la leve gasa
que levantaba el palpitante seno,
una flor se mecía
en compasado y dulce movimiento.
Como en cuna de nácar
que empuja el mar y que acaricia el céfiro,
dormir parecía al blando
arrullo de sus labios entreabiertos.
¡Oh! ¡quién así, pensaba,
dejar pudiera deslizarse el tiempo!
¡Oh! si las flores duermen,
¡qué dulcísimo sueño!
*Leyenda de: “Maese Pérez, el organista”:
MAESE PÉ REZ EL ORGANISTA
(Leyenda de Sevilla)
Había en una convento Sevillano, llamado Santa Inés un famoso organista llamado Maese Pérez al cual iba a escuchar toda Sevilla. El día de la misa del Gallo ésta se retrasa porque Maese Pérez está enfermo y un organista envidioso y enemigo de Maese Pérez se ofrece para tocar, en esto aparece Maese Pérez que es llevado en un sillón por sus incondicionales diciendo que no quería morir sin tocar en aquella misa. Cuando comienza la consagración resuena majestuoso el órgano hasta que de repente este queda mudo, Maese Pérez acaba de morir.
En la Misa de Gallos del año siguiente para sustituir a Maese Pérez le viene un nuevo organista al que toda la gente creía uy malo, pero la melodía del órgano sonaba como siempre, al terminar de tocar, el nuevo organista juro que jamás volvería a tocar ese órgano. A los dos años de la muerte de Maese Pérez, la madre superiora encargó a la hija de éste, la cual había entrado de novicia que fuera ella la encargada de tocar el órgano. En el momento de la consagración la hija de Maese da un grito diciendo que ve a su padre tocando, pero el órgano suena solo sin que nadie lo toque.